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El arco inalcanzable
Dentro de un toro de bronce gritaban abrasándose los condenados, mientras se divertía Fálaris, el cruel tirano de Agrigento. Los sones más melodiosos eran para el abominable aquellos aullidos espantosos que clamaban piedad a un cielo ensordecido. De tal manera escuchan los dioses los quejidos insondables de los hombres: como ecos de arpas lejanas que tañen los dedos ensangrentados del dolor. Negros nubarrones se juntan allá arriba chocando con estruendo entre sí y precipitan la torrencial lluvia como si el cielo se desplomara, barriendo las hojas caídas hacia las voraces alcantarillas, y cuando vuelve a asomar el sol encendiendo las cristaleras, y los sucios torrentes pierden fuerza y dejan de fluir, se dijera que el aliento divino hubiera sacado brillo a la bóveda celeste, mas el dolor de los hombres sigue palpitando y cuando éstos encaminan sus pasos allá donde nace el arco iris para abandonar allí mismo el pesado fardo de sus sueños rotos, ven con tristeza que es imposible alcanzar el bíblico arco de colores, tan sumamente difícil como despojarse de ese fardo que llevan encima como su propia piel
Orlando Santana Cabrera
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